la pulga en la oreja

El irresistible deseo de decir la verdad

28 agosto 2008

Vacaciones eb México

Año 2008 - Agosto -

Chiapas - Zacarecas - Ciudad de México - Acapulco


24 agosto 2008

Parle moi -Háblame



Háblame, háblame, necesito ternura
no es mucho el tiempo en este mundo un poco loco
No no quiero, no te rías, soy como un niño
Háblame, háblame, despacio y mucho tiempo

Háblame, háblame, necesito presencia
El silencio me da miedo; oigo sólo mi corazón.
No te vayas, no te muevas, soy como un niño

Háblame, háblame, eres tu quien me defiende
Háblame, háblame, necesito ternura
Mal del siglo, de siempre, mala amistad, dolor de amor
no no te rías, soy mujer y niño

Háblame, háblame, es sólo a tú que yo escucho
No lo quiero no, no te rías, soy mujer y niño
Háblame, háblame, di las palabras que espero




Parle-moi, parle-moi, j'ai besoin de tendresse

Il n'en reste plus beaucoup dans ce monde un peu fou

M'en veux pas, ne ris pas, je suis comme une enfant

Parle-moi, parle-moi, doucement et longtemps

Parle-moi, parle-moi, j'ai besoin de présence

Le silence me fait peur; je n'entends plus que mon cœur

T'en vas pas, bouge pas, je suis comme une enfant

Parle-moi, parle-moi, c'est toi qui me défends

Parle-moi, parle-moi, j'ai besoin de tendresse

Mal du siècle, de toujours, mal d'amitié, mal d'amour

M'en veux pas ne ris pas, je suis femme et enfant

Parle-moi, parle-moi, c'est toi seul que j'entends

M'en veux pas, ne ris pas, je suis femme et enfant

Parle-moi, parle-moi, dis les mots que j'attends

20 agosto 2008

La cabra del señor Seguin



—¡Siempre serás el mismo, mi pobre Gringoire! ¡Cómo! Te ofrecen un puesto de cronista en un buen diario de París y tienes el aplomo de rehusar... Pero mírate, desgraciado. Mira ese jubón agujereado, esas calzas derrotadas, esa cara flaca que pregona el hambre. ¡Ahí tienes, sin embargo, dónde te ha llevado tu pasión por los versos bonitos! He ahí lo que te han valido diez años de servicios leales en las páginas del señor Apolo... ¿No te da, al fin, vergüenza?
¡Hazte cronista, imbécil!, ¡hazte cronista! Ganarás buenos escudos, tendrás tu cubierto en casa de Brébant y podrás aparecer los días de estreno con una pluma nueva en el sombrero.
¿No? ¿No quieres? Pretendes seguir libre a tu modo hasta el fin... Pues bien, escucha un poco la historia de la cabra del señor Seguin. Verás qué es lo que se gana queriendo vivir libre.
El señor Seguin nunca había tenido suerte con sus cabras.
Todas las perdía de la misma manera: un buen día rompían la cuerda y se iban al monte, y allá arriba se las comía el lobo. Ni las caricias de su amo, ni el miedo al lobo, nada las retenía. Se trataba, a lo que parece, de cabras independientes, que querían a toda costa aire libre y libertad.
El bueno del señor Seguin, qué no comprendía en absoluto el carácter de sus animales, estaba consternado. Decía:
—Se acabó; las cabras se aburren conmigo, no conservaré ni una.
Sin embargo, no se desanimó, y después de haber perdido seis cabras de la misma manera, compró la séptima, sólo que esta vez tuvo cuidado de buscarla muy joven, para que se acostumbrara mejor a vivir con él.
¡Ah, Gringoire, qué linda era la cabrita del señor Seguin! ¡Qué linda era con sus ojos dulces, su perilla de suboficial, sus pezuñas negras y lustrosas, sus cuernos rayados y sus largos pelos blancos que le hacían una hopalanda! Era casi tan encantadora como el cabrito de Esmeralda, ¿recuerdas, Gringoire? Y luego, dócil, cariñosa, se dejaba ordeñar sin moverse, sin meter la pata en la escudilla. Una cabrita deliciosa...
El señor Seguin tenía detrás de su casa un cercado rodeado de espinos. Allí fué donde instaló la nueva pensionista. La ató a una estaca en el sitio más bonito del prado, cuidando de dejarle mucha cuerda, y de cuando en cuando iba a ver si estaba bien. La cabra era muy feliz y pastaba con tanto gusto que el señor Seguin estaba radiante.
—Por fin—pensaba el pobre hombre—, ¡he aquí una que no se aburrirá conmigo!
El señor Seguin se equivocaba, su cabra se aburrió.
Un día, mirando al monte, se dijo: «¡Qué bien se debe estar allí arriba! ¡Qué gusto brincar en el brezo sin este maldito ramal que te desuella el cuello!... ¡Bien está, para el burro o el buey, pastar en un cercado!... Las cabras necesitan espacio».
A partir de aquel momento, la hierba del cercado le pareció insípida. Se aburrió. Adelgazó, dio menos leche. Daba lástima verla todo el día tirando del ramal, con la cabeza vuelta en dirección al monte, dilatadas las narices, haciendo «¡Me!...» tristemente.
Bien notaba el señor Seguin que a su cabra le pasaba algo, pero no sabía lo que era... Una mañana, cuando acababa de ordeñarla, la cabra se volvió hacia él y le dijo en su lenguaje:
—Señor Seguin, escuche, languidezco en su casa, déjeme ir al monte.
—¡Oh, Dios mío!... ¡También olla! gritó el señor Seguin estupefacto, y del golpe dejó caer su escudilla; después, sentándose en la hierba, junto a su cabra—: Cómo, Blanquette, ¿quieres dejarme?
—Sí, señor Seguin.
—Tal vez estás atada demasiado corto; ¿quieres que alargue la cuerda?
—No vale la pena, señor Seguin.
—Entonces, ¿qué necesitas?, ¿qué quieres?
—Quiero irme al monte, señor Seguin.
—Pero desgraciada, ¿no sabes que en el monte está el lobo?... ¿Qué barás cuando aparezca?...
—Lo embestiré con mis cuernos, señor Seguin.
—El lobo se ríe de tus cuernos. Me ha comido cabras con más cuernos que tú. ¿Sabes, la vieja Renaude, la pobre, que estaba aquí el año pasado?, una cabra de una vez, fuerte como un macho cabrío, peleó con el lobo toda la noche... después, por la mañana, el lobo se la comió.
—¡Qué lástima! ¡Pobre Renaude!... No importa, señor Seguin, déjeme ir al monte.
—¡Divina bondad!...—dijo el señor Seguin—; ¿pero qué es lo que les pasa a mis cabras? Una más que me va a comer el lobo... ¡Pues no, vaya, te salvaré a pesar tuyo, picara! y para que no rompas la cuerda voy a encerrarte en el establo y allí estarás siempre.
El señor Seguin se llevó la cabra a un establo muy oscuro, cuya puerta cerró con dos vueltas. Desgraciadamente se había olvidado de la ventana, y apenas había vuelto la espalda, cuando la cabrita se marchó...
¿Te ríes, Gringoire? ¡Bueno!, lo creo, tú eres de los de las cabras, en contra del buen señor Seguin. Pronto veremos si te reirás.
Cuando la cabra blanca llegó al monte hubo un deslumbramiento general. Los viejos abetos no habían visto nunca nada tan lindo. Se la recibió como a una pequeña reina. Los castaños se inclinaban a tierra para acariciarla con la punta de sus ramas. La retama de oro se abría a su paso, despidiendo su mejor olor. Toda la montaña la festejó.
¡Piensa, Gringoire, lo feliz que sería nuestra cabra! Ni cuerda, ni estaca... ni nada que la impidiera pastar, brincar a su antojo... ¡Allí sí que había hierba! ¡Hasta por encima de los cuernos, amigo! ¡Y qué hierba! Sabrosa, fina, festoneada, formada por mil plantas... Bien distinta al césped del cercado. ¡Y flores! Grandes campánulas azules, dedaleras de púrpura con sus largos cálices, ¡toda una selva de flores silvestres, rebosantes de jugos embriagadores!...
La cabra blanca, medio borracha, se revolcaba allí dentro, con laa patán al alio. y rodaba a lo largo de las pendiente», revuelta con las hojas caídas y las castañas...
Después, de un salto, se levantaba de repente sobre sus palas ¡Hop! y allá va, hacia adelante, a través de los bosques y los bojedales, tan pronto en un pico como en el fondo de un barranco, arriba, abajo, por todas partes... Parecía que había en el monte diez cabras del señor Seguin. Es que la Blanquette no tenía miedo a nada.
Franqueaba de un salto los grandes torrentes, que al pasar la salpicaban de polvo húmedo y de espuma. Después, chorreando toda, iba a echarse sobre cualquier roca plana y se secaba al sol... Una vez, al avanzar al borde de una meseta con una flor de citiso entre los dientes, distinguió abajo, muy abajo, en la llanura, la casa del señor Seguin con el cercado detrás. Esto la hizo llorar de risa.
—¡Qué pequeña!—dijo—. ¿Cómo habré podido aguantar allí?
¡Pobrecilla! Al verse encaramada tan alto, se creía por lo menos tan grande como el mundo...
En suma, fué una buena jornada para la cabra del señor Seguin. Mediado el día, corriendo a derecha y a izquierda, cayó entre un grupo de rebecos que estaban devorando una parra silvestre. Nuestra pequeña viajera vestida de blanco causó sensación. Se le dejó el mejor sitio en la parra, y todos aquellos caballeros fueron muy galantes... Incluso parece—esto para entre nosotros, Gringoire—que un joven rebeco de negro pelaje tuvo la buena suerte de gustar a Blanquette. Los dos enamorados se alejaron por entre los árboles durante una o dos horas, y si quieres saber lo que se dijeron, ve a preguntarlo a los indiscretos manantiales que corren invisibles entre el musgo.
De repente, el viento refrescó. El monte se volvía violeta; era el atardecer...
—¡Ya!—dijo la cabrita—; y se detuvo muy asombrada.
Abajo, los campos estaban ahogados en bruma. El cercado del señor Seguin desaparecía entre la niebla, y de la casita no se veía más que el tejado con un poco de hamo. Oyó las esquilas de un rebaño que regresaba, y sintió muy triste el alma... Un gerifalte que volvía, la rozó con las alas al pasar. Tembló... después hubo un aullido en el monte:
—¡Uuuh, uuuh!
Pensó en el lobo; la muy loca no había pensado en él en todo el día. Al mismo tiempo se oyó una trompa muy lejos, en el valle. Era el bueno del señor Seguin que intentaba un último esfuerzo.
—¡Uuuh, uuuh!—hacía el lobo.
¡Vuelve, vuelve!... -gritaba la trompa,
Blanquette tuvo ganas de volver; pero acordándote de lu estaca, la cuerda, el seto del cercado, pensó que ya no podría acostumbrarse más a aquella vida y que era mejor quedarse.
La trompa no se oía más...
La cabra percibió tras ella un ruido de hojas. Se volvió y vio en la sombra dos orejas cortas, muy derechas, con dos ojos relucientes... Era el lobo.
Enorme, inmóvil, sentado sobre sus cuartos traseros, allí estaba mirando a la cabrita blanca y saboreándola por adelantado. Como estaba seguro de que se la comería, el lobo no se apresuraba; únicamente, cuando ella se volvió, se echó a reír con maldad.
—¡Ja, ja! La cabrita del señor Seguin—y se pasó la gran lengua roja sobre sus labios resecos.
Blanquette se sintió perdida. Por un momento, recordando la historia de la vieja Renaude, que luchó toda la noche para ser devorada por la mañana, se dijo que tal vez lo mejor sería dejarse comer en seguida; después, sintiéndose arrebatada, se puso en guardia, la cabeza baja y los cuernos hacia adelante, como una valiente cabra del señor Seguin que era... No es que tuviera esperanza de matar al lobo, sino solamente para ver si ella podía resistir tanto tiempo como la Renaude...
Entonces avanzó el monstruo y los pequeños cuernos entraron en juego.
¡Ah, la valiente cabrita! ¡Qué animosa! Más de diez veces, y no miento, obligó al lobo a retroceder para tomar aliento. Durante estas treguas de un minuto, la glotona cogía todavía a toda prisa una brizna de su querida hierba; luego volvía al combate con la boca llena... Esto duró toda la noche. De cuando en cuando, la cabra del señor Seguin miraba las estrellas bailar en el claro cielo y se decía:
—¡Oh, con tal que resista hasta el alba!...
Una tras otra, las estrellas se extinguieron. Blanquette redobló sus embestidas, el lobo sus dentelladas... Un resplandor pálido apareció en el horizonte... Desde una alquería subió el canto de un ronco gallo.
—¡Por fin!—dijo el pobre animal, que sólo esperaba al día para morir; y se tendió en tierra, envuelta en su bella piel blanca toda manchada de sangre...
Entonces el lobo se arrojó sobre la cabrita y se la comió.
¡Adiós, Gringoire!
La historia que has oído no es un cuento de mi invención. Si alguna vez vienes a Provenza, nuestros caseros te hablarán muchas veces de la «cabra del señor Seguin, que luchó toda la noche con el lobo, y después, por la mañana, el lobo se la comió[1]».
—Óyeme bien, Gringoire:
«Y después, por la mañana, el lobo se la comió».
[1] En occitano en el original: cabro de moussu Seguin, que se battègue touto la neui emé lou loup, e piei lou matin lou loup la mangé.


Alphonshe Daudet - Cartas desde mi molino

15 agosto 2008

La muerte de las cigarras


La muerte de las cigarras

Detrás del fuerte, sobre una planicie pedregosa, batida por el viento, perfumada de lavanda y de claveles salvajes donde una fuente de agua chorreaba, donde los niños iban a poner trampas a los petirrojos y a los mirlos de roca, estaba un cercado blanco, con cruces negras, y un sepulturero, _antiguo soldado del gran ejército, al que el rumor general acusaba de alimentar sus conejos de la hierba de las tumbas. Un gran árbol de tilo hacía sombra en medio; y cuando había semillado, comíamos las semillas muelles y dulces que llamábamos el pan de los muertos. Soñábamos con los muertos - a causa de este pan - una existencia subterráneos no horrorosa precisamente, pero vaga, perezosa y misteriosa.

Una ocasión sonaron las campanas de la iglesia. Se decía en el pueblo:

" El viejo Catignan falleció, la vieja Ravousse exhaló el último suspiro. "

Se comentaban las circunstancias en que el viejo Catignan había firmado su testamento. Había agradecido al notario así como los señores venidos como testigos; y luego, para mostrar su mundología, había suspirado, creyendo citar del latín:

" ¡ Siou mor, mortus! ¡ Siou mor, mortus!
"
Y había muerto... En cuanto a la Ravousse, guardaba, parece, en su mesa de noche, un vestido totalmente nuevo que su hijo le había enviado de Marsella y que jamás se había atrevido a llevar, encontrándole demasiado bello para una campesina simple. Pero durante su enfermedad las vecinas le habían rogado y suplicado tanto que había consentido en que se lo pusieran en cuanto hubiera muerto. Y la mujer antes de morir todavía repetía riéndose, un minuto antes de expirar:

" Es allá arriba dónde se van a asombrar; nadie me reconocerá más; aquí la gente me llamaba Ravousse, el buen Dios me dirá: señora Ravous. "

Los más intrépidos iban a ver a Catignan y Ravousse expuestos delante de su puerta (¡ la costumbre todavía duraba allí!), severos y rígidos con sus vestidos más bellos, entre los cirios, en la caja abierta que Velaban dos penitentes de blanco. Pero esto no nos impresionaba apenas. ¡ Catignan y Ravousse eran viejos! ¿ Por qué eran viejos? Es decir seres huraños y lentos, no se reían, ni gritaban, en fin de otra especie. Nosotros; y, por un sentimiento de egoísmo ingenuo y feroz, encontrábamos justo, natural, divertido casi que la Muerte viniera a tomar a los viejos. Desde luego, no preveíamos el caso donde nuestros abuelos o abuelas hubieran muerto. Los niños tienen pocas ideas generales; y luego, para cada uno de nosotros, nuestros abuelos no eran viejos como otros.
¡ Pero nadie escapa del Destino! Debía pronto conocer a mi vuelta la amargura de las separaciones dolorosas.
Llegaba entonces a mis ocho años y tenía un amiga de mi edad que me agradaba con un afecto infantil. Cabellos de oro, ojos azul claro, género de belleza rara en nuestra casa. Le llamábamos indiferentemente Ninette, Nine o bien Domnine del nombre de su patrono Domnin que es un gran santo en el país.
Cuando, corríamos en el campo, después de la clase, pasábamos bajo la bóveda sombría de los árboles, y donde la banda de niños emprendía su carrera gritando:

" ¡ hombre al broche rojo, coge al último! "

Tomaba la mano de Domnine, y, para hacerla correr mejor, quedaba a menudo último, aunque tenía gran miedo del Broche rojo.

El verano, se desinteresaban de nosotros, corríamos juntos fuera de las murallas de la ciudad hasta la orilla de los campos, lo que nos parecía ser muy lejos...
Le gustaba que yo le diera un racimo de uva colgada, frutas maduradas sobre la paja, y hasta de mi azúcar para poner en su pan de nuez.
Un día Domnine no vino más para cantar en nuestras rondas las canciones que cantaba tan bien:

" ¡ guarda las abejas, Juanita, guarda las abejas en el prado!
" Ni el del puente de Marsella sobre el cual llueve y brilla el sol ".

Y cuando llovía y brillaba el sol, cuando, en un cielo nublado sonaba el trueno, el diablo golpeaba a su mujer, Domnine no estaba más con nosotros para repetir en coro el encantamiento irresistible que fuerza al Dios a mostrarse:

" ¡ ven rápidamente, sol, bello sol, te daré un panal! "

Mi amiga Domnine estaba en la cama. Una mañana, sentado en el banco de piedra de su puerta, escuché decir al médico que salía:

" Está acabado, la pequeña niña no pasará la noche. "

Comprendí entonces vagamente que me pasaba una gran desgracia. Triste y febril, me consideraron enfermo, y, no asistí a la escuela, Me confiaron a Poco Habla, un campesino que hacía el trabajo de rehacer los sarmientos de nuestra viña. Pasear por la viña era mi remedio ordinario, y raramente mis enfermedades habían resistido a algunas horas de paseo a la viña en compañía de este hombre sentencioso y relajado que sabía el nombre de las plantas, el sitio de los astros, reconocía a las aves a su canto y me parecía un poco mágico.
La mayoría de las veces quería ayudarle; pero esta vez preferí quedar solo, sentado aparte, cerca de la fuente.
El trabajo fue largo: se trataba, sin perder los jóvenes retoños, de bajar los haces de leña del año anterior, disperso entre las cepas, hasta el bajo de las alamedas donde pacía el asno. De cuando en cuando, Poco Habla me gritaba:

" ¿ Te aburres, pequeño?... Si tienes hambre, recoge un higo. "

Pero no tenía hambre y no me aburría: mi corazón apretado, pensaba en Domnine.

" ¡ Sin embargo hay que terminar hoy, nos iremos con la luna! "

Cuando Poco Habla hubo terminado, y hubo atado la carga del asno, aprovechó de un resto de día para hacer un fuego de ramitas entre tres piedras y preparar una tortilla de huevos sacados del gallinero y de hierbas finas que recogimos. Luego nos sentamos en la tierra bajo el emparrado, que, entre sus cepas torcidas parecían grandes serpientes negras, dejaba pasar la mirada de las primeras estrellas. La noche había llegado, y Poco Habla no había llevado farol, no creía quedarse hasta tan tarde.
Poco habla, sin perder tiempo, razonaba cosas de la tierra, y censuraba a mi padre severamente por conservar dos almendros colocados al azar en su viña.

" ¡ El sol crea el vino, y la viña quiere sólo la sombra del hombre!..."

Yo no comía, no comprendía apenas; a mi pena se añadía la melancolía de esta cena larga en la oscuridad.
Pero pronto, sobrepasando la cresta de una roca, la luna pareció llena, y echó bajo el emparrado un mantel blanco de luz donde la sombra de las hojas se recortaba. Como si la tierra se hubiera despertado, De cada árbol, de cada piedra, un ruido se elevó; las rubetas y los grillos empezaron su sinfonía, y, con sus mil voces confusas, el coro de la tarde comenzó.
Poco habla se había callado. De repente, levantando el dedo:

" ¡ Calla, escucha! "

Justo por encima de nosotros vibraba solitario un canto de cigarras, un canto que era también un grito: extraño, como inmaterial.

" Esto, dijo Poco Habla, es una cigarra que muere. "

Y gravemente añadió:

" El sol chantajea las cigarras, pero, antes de morir, cantan una última vez a la luz de la luna, porque la luna es el sol de los muertos."

A esta idea de muerto, rompí a llorar.

" ¡ Hay que ser loco, un gran chico, llora por una cigarra! "

Y, levantándome en sus manos duras dijo:

" Mira bien, debe ser allí, bajo el grueso nudo. "

Estaba allí, en efecto; veía sus alas transparentes y su coselete moreno empolvado de oro.

" Puedes tomarla, no se mueve más. "

La tenía entre mis dedos, inmóvil y tan ligera! Pensaba en Domnine. Decía:

" ¿ he aquí pues la Muerte? "

¡ Y durante mucho tiempo, me consolé, no encontrando más horroroso ni muy triste, que se debiera morir así, una tarde de luz de luna, cantando, como las cigarras!

Paul Arène – Contes de Provence (Cuentos de Provincia)

08 agosto 2008

Consejos de la abuela Jadis


La abuela casi recostada en el sofá, recordando viejos tiempo de su lejana juventud. De manos huesudas entorpecidas por el tiempo. La chimenea con leños ardientes le repone energías para soportar ese duro invierno. Todo a su alrededor inspira tiempos de historias galantes y amores perdidos.

Sentada en un pequeño taburete, la nieta lee tranquilamente una revista de novedades.. Joven de unos veinte años y que acompaña a la abuela esa tarde de invierno.

_Esa revista, querida mía, trae alguna historia de amor o de relatos galantes acaso? _pregunta la abuela con voz débil.

La joven hojea la revista y responde con suavidad:

_Tanto como historias de amor no, sólo un relato de una mujer que será juzgada por quemar los ojos de la amante de su marido. Otra que un esposo mató al amante de su esposa de dos balazos…. Eso no tiene nada de galante, abuela.

La abuela levanta sus manos al cielo y responde con voz más enérgica:

_Este mundo de los jóvenes ha enloquecido, poniendo reglas donde no las hay y haciendo que todo se confunda y se transforme en una devastación. En mis tiempos jamás habría pasado algo semejante. No es natural…. Los seres humanos fueron hechos para amar y ser amados…. Pero los hombres y sus leyes han confundido todo….

_Pero abuela _respondió la joven_ está bien que se reprima la traición del matrimonio….

_No es así mi querida…. _Retrucó la abuela_ El matrimonio es bueno que exista para bien de la sociedad…. Si la sociedad fuera una cadena, cada familia sería un eslabón…. Y es bueno que así sea… pero esa es la ley de los hombres, y los hombres pueden equivocarse… El amor es el que manda porque esa es una ley divina, la ley de Dios está sobre la ley de los hombres… Los seres humanos fueron creados para amar y ser amados, deben amar a lo largo de toda su vida y pueden enamorarse más de una vez… si tu piensas que casándote tu esposo te será fiel mientras está fuera de casa, te equivocas, hija mía, los hombres y las mujeres son como las mariposas que se posan de flor en flor….Si no lo crees tendrás que pasar tu vida quemando o disparando a las amantes que pasen en tu vida…

_Pero abuela, acaso no existe el gran amor para toda la vida? Acaso las mujeres no tienen dignidad? _preguntó con incredulidad la joven.

_Hija mía. Si que tienen dignidad… deben respetar su ser interior tanto como a su familia. Si tu piensas que conseguirás el único gran amor que durará toda la vida y que no tendrás el derecho de volver a enamorarte a lo largo de tu vida….. pobre querida mía… tu vida será muy difícil e infeliz….

Jades, de Guy de Maupassant (adaptación de Bol y To)

07 agosto 2008

Vacaciones en México













Unas merecidas vacaciones, después de haber pasado un pesado año de esfuerzo en la isla. Bien merecido está.









Acapulco, Cuernavaca y seguirán más. Aprendo, adquiero cultura y experiencia. Es la edad en que debo prepararme para mi desarrollo como adulta.





Mi vida no ha sido un ramo de rosas, pero he sabido salir airosa de las caídas y de las trampas que he debido sortear. Pero la vida es grande, abundante, generosa y yo aprovecho de sus ofertas y paso a través de todas sus puertas que se abren ante mi.





Cuento con el apoyo de quienes me quieren para seguir adelante y se que no dudarán en tenderme una mano si la necesito.






Mis sueños se concretizan, mil caminos se abren frente a mi y la vida es generosa conmigo. La energía circula por mi piel.





Espero lo mejor y consigo lo mejor.